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Vida de Perro en la ciudad de los espejos

¿Qué es una ciudad sustentable? Yo ciertamente no soy un urbanista y abordo esta cuestión como un ciudadano que intenta pensar –lo que ya es una opción heroica.

En primer lugar quiero agradecer la invitación, las palabras y la presentación, en parte inmerecida, pero más que nada quiero agradecer el estar acá.  Yo me formé en la Universidad de Chile y esa es una de las cosas que llevo con mayor satisfacción como chileno y como ciudadano; soy hijo de la escuela pública, de la universidad pública y del sentido público y, en consecuencia, ser invitado a la Universidad de Chile que es mi alma matter, donde aprendí que el sentido de la profesión estaba más allá del interés pecuniario, es realmente un reconocimiento que pocas veces se me hace en este país.

Además, estudié en este mismo campus –pero en la escuela de Economía- y me honra que sean ustedes quienes me inviten, porque una de las dudas existenciales que aún me asaltan, es si habré elegido bien al estudiar Economía y no Arquitectura, que en aquella época era una alternativa cierta y muy atractiva para mí.  En consecuencia, es realmente grato estar acá, invitado por ustedes, así como también me son muy gratos los reconocimientos que, como ya he dicho, en gran parte, creo no merecer.

En cuanto a la materia que meconvoca, el desarrollo sustentable, se me abrían dos alternativas para estructurar la presentación en torno al tema de la ciudad y la sustentabilidad.  Una opción era realizar una comparación entre la realidad misma y todo su contenido, tan prosaico como ilustre, con un modelo previamente seleccionado de ciudad sustentable, evaluando cuánto hemos avanzado, cuánto nos está faltando y de esta manera, finalizar haciéndoles una invitación de esas que tanto gustan al Presidente Ricardo Lagos en la que dijera algo así como “ofrezco trabajar por una ciudad sustentable, aquí y ahora”.  La segunda opción, por la que finalmente opté, aunque no podría decir si efectivamente en algún momento tuve la posibilidad de elegir, era exponer desde una mirada más honesta conmigo mismo, desde mi sentir, desde la forma en que la vida me interpela.

Si en algún momento la dicotomía pasó por mi cabeza, la sola relectura de Ernesto Sábato, a quién vuelvo repetidas veces cuando se me pide hablar con mayor alcance, inflexionó categóricamente mi voluntad hacia la segunda opción.  Cuando Sábato señala que prefiere pertenecer a esa raza en extinción de intelectuales, a los que define como “testigos insobornables de su tiempo”, su inspiración no puede ser más fecunda.  No digo que yo sea uno de ellos, pero sí que me seduce profundamente la idea.  Prefiero optar por ese camino y lamento tener que “disparar”, como ya parece ser mi costumbre o la fama por la que se me conoce, al menos eso se desprende de la presentación que se me hizo, de ese volante que anda circulando y de la semi gigantografía instalada en la entrada de esta facultad.  “Acostumbrado a disparar”…“ser crítico y ácido” dice la propaganda con que se me anuncia y, entonces, es difícil renunciar a las expectativas implicadas y, a estas alturas, es menos posible aún deshacerse de la carga genética que te arrastra y que te hace cargar con tus obras, buenas o malas, a lo largo de la vida como si fueran una segunda e invisible sombra.

No obstante, quiero abordar el tema de una manera muy positiva.  Y para ello voy a hablar desde la utopía, vale decir, desde el optimismo, que es, aunque dudas se siembren al respecto, el estado moral que mueve a muchos críticos de nuestro tiempo.  En todo caso y para evitar ahuyentar a quienes consideren iluso o francamente anacrónico hablar de utopías, quiero reivindicar la idea de la “utopía relativa” como un contrapunto eficaz de esa otra definitivamente más peligrosa que es la “utopía absoluta”.

Para lo anterior nada mejor que referirse a los escritos de Albert Camus acerca de la utopía relativa.  En un documento publicado recientemente bajo el formato de libro y titulado “Ni víctimas ni verdugos”, que resume las conferencias de Camus durante su visita a Chile en el año 1948, el existencialista francés afirma su necesidad “de tratar de plantear el problema de la utopía tan correctamente como sea posible”, vale decir, según Camus, tratando “de hacerlo en el sentido de crear las condiciones para un pensamiento político modesto, es decir, liberado de todo mesianismo, emancipado de toda la nostalgia del paraíso terrenal”.

Ahora bien, como ustedes lo saben muy bien –y Camus también lo sabía-, la utopía es lo que está en contradicción con la realidad, lo que nos sitúa en el dilema de cuán distante ponemos nuestras ambiciones utópicas de la realidad misma, vale decir, del tamaño del salto que debería realizar la humanidad para materializar sus sueños utópicos.  Esto no es un problema menor, puesto que nos obliga a conocer de manera muy precisa la realidad y, más necesario aún, nos exige conocer realmente la capacidad de saltar que tiene la condición humana.  No debemos olvidar que Camus es un hombre del siglo XX y fue un testigo privilegiado de las enormes promesas que abrió esta centuria, así como también le tocó vivir a cabalidad las frustraciones y miserias que dicho siglo nos heredara.  Esta experiencia lo llevaría a sostener que sería utópico pretender que nadie mate a nadie.  A su juicio esa pretensión correspondería a una utopía absoluta.  Pero agrega que “pedir que no se legitime el crimen es mucho menos utópico”.

Para Albert Camus, utopías como el marxismo o como el capitalismo, han probado ser mucho más perjudiciales para la condición humana, debido básicamente a que se postulan desde lo absoluto, vale decir, desde el pensamiento abstracto, total y absolutamente desconectado de la parda realidad -prosaica y sobresaliente al mismo tiempo.  Lo preocupante -y yo diría aterrador- es lo distante que esto aparece del sentido común y la cordura, en donde el juicio de realidad no encuentra un espacio en el que acomodarse.  No se si se entiende, pero lo pavoroso de esto es que las utopías absolutas nos sitúan derechamente en el cibernético espacio de la locura.  En nuestro país, también hemos sido víctimas del absolutismo utópico, sin ir muy lejos, el prurito de sostener de modo contumaz la perfección del mercado, nos ha empobrecido como sociedad, aumentando las desigualdades, destruyendo y dilapidando nuestras riquezas naturales, a cambio de elevar indicadores económicos, que no son sino, constructos abstractos supuestamente asociados a un mayor bienestar.

Las utopías relativas aspiran a un proyecto político más modesto que haya aquilatado las limitaciones de la condición humana.  En este caso, no se aspira a terminar con el crimen, sino más bien, a que los criminales confesos y supuestamente encarcelados, no anden comprando verduras en las esquinas de nuestros barrios; y que aquellos que cometieron graves crímenes contra la humanidad tengan el juicio político, el juicio jurídico y el juicio moral que les corresponde.

Esa es la perspectiva utópica desde la que intentaré abordar los contenidos de esta conferencia.

En tanto visión utópica, no deja de movilizar sus más notables virtudes y más nobles aspiraciones, mas, siendo relativa, asume en propiedad los límites de la naturaleza humana, trata de dejarse interpelar por la complejidad de los tiempos y, a partir de allí, diseñar e implementar un proyecto político.  Después de 17 años de dictadura militar y de 14 años de gobiernos formalmente democráticos, aún vivimos y sufrimos un orden moral en donde el crimen no ha sido ni conveniente ni suficientemente desautorizado.  Vaya que no es tarea fácil proponerse una utopía relativa como proyecto político.

Hecha estas importantes aclaraciones, fundamentalmente para evitar ser puesto en la categoría de los pesimistas, es conveniente entrar en materia.  ¿Qué es una ciudad sustentable? Yo ciertamente no soy un urbanista y abordo esta cuestión como un ciudadano que intenta pensar –lo que ya es una opción heroica.  He debido revisar alguna información que oriente mi reflexión.  Por ejemplo, según las Naciones Unidas una ciudad sustentable es aquella que le ofrece a quienes la habiten servicios de calidad para toda la población, un medio ambiente sano, viviendas dignas y suficientes, seguridad, parques, espacios deportivos de recreación, convivencia social intensa, fructífera; empleo digno y bien remunerado, atención sanitaria completa y eficiente, educación de calidad, etcétera, etcétera, etcétera.  Es más o menos obvio que las ciudades distan mucho de este paradigma, pero los resabios del pensamiento utópico absolutista son más fuertes, frecuentes y abundantes de lo que parece.  La parda realidad está total y absolutamente distanciada de tal modelo y ni siquiera se verifica un proceso de acercamiento a semejante paradigma.  Si esto es así, entonces, cuál es la poderosa razón que pueda explicarnos el prurito de pensar a partir de modelos, de ideas preconcebidas nunca antes verificadas ni realizadas, ni siquiera en grado menor.

La misma Naciones Unidas, a través de su conferencia sobre medio ambiente y desarrollo, la llamada Cumbre de la Tierra, en la que participaron mandatarios del mundo entero y en la que se aprobó la Agenda 21, conteniendo propuestas de políticas para alcanzar el desarrollo sustentable de las ciudades, nos informa cinco años después de dicha cumbre, que la situación ha empeorado, que no estamos mejorando, que vamos en el sentido contrario, que no avanzamos hacia aquellos modelos de ciudades sustentables.

Los datos son contundentes y concluyentes: el 80% de la población mundial vive y vivirá en grandes ciudades.  El  estallido demográfico que alcanzó en el siglo XX niveles alarmantes se manifiesta en que, según lo que informa la CEPAL, en 1990, las 100 ciudades más grandes del mundo tenían más de 500 millones de personas; así como también, en que la pobreza y la degradación del ambiente, son los principales problemas que aquejan a las ciudades del mundo, en donde el 37% de la población urbana vive en la pobreza y el 60 % de las que las habitan no tiene las necesidades básicas fundamentales satisfechas.  Santiago de Chile no escapa a esta realidad, ya que cinco de sus seis millones de habitantes viven en comunas donde las áreas verdes están muy por debajo de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, que es de nueve metros cuadrados por persona, así también, sus viviendas tienen menos metros cuadrados por habitante que el mínimo recomendable o socialmente saludable y deben hacer viajes interminables para trabajar, estudiar, hacer trámites o ir a zonas de esparcimiento.  Este 80% está en los estratos que abarcan estadísticamente a la población más pobre, que accede a una educación y salud deficientes y son básicamente aquellos que no pueden disfrutar de una ciudad sustentable.  Solo un 20% podríamos decir que vive en condiciones físicas, territoriales y ambientales acordes con el modelo de ciudad sustentable.  Estamos hablando del 80% de los santiaguinos que no tiene ni la menor idea de lo que es una ciudad sustentable, no porque no hayan leído los amenos informes de Naciones Unidas, sino por la simple razón de que nunca han vivido en ese espacio de “realidad virtual” que son los modelos teórico-ideológicos.  Y tal parece que ese porcentaje se ha vuelto un número fatídico que se verifica en muchos ámbitos de la vida nacional y que puede resumirse en el porcentaje de chilenos que no satisfacen sus necesidades elementales porque se da la casualidad de que sus ingresos no se lo permiten.  Sin embargo, en Chile la pobreza oficial está a leguas de distancia del 80%.  Realmente cuesta mucho entender cómo todavía hay pobres en Chile, considerando la absurda vara con que ésta se mide -una cifra algo superior a los 40 mil pesos define la línea de pobreza.

Dicho lo que está dicho, ahora se nos presenta el desafío de entender y de tratar de explicarnos porqué vivimos en la “ciudad de los espejos” y hago esta analogía en sus tres dimensiones: porque los espejos caracterizan a una ciudad moderna, porque los espejos nos recuerdan las falsas realidades, y porque en el cuarto de los espejos cunde la confusión, se deforman los objetos, se multiplican las falsas puertas de salida y fácilmente la desesperación nos puede conducir a los ataques de pánico, tan frecuentes como enfermedad psicológica de nuestra era.

M.Claude
Fuente: Fundación Oceana

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