Literatura

La literatura infantil es el recreo, no la sala de clases

La escritora Ana María Güiraldes duda de lo que la gente llama inspiración. Ella cree más en el oficio, en lo que hace transpirar. Con más de cuarenta títulos publicados, esta prolífica escritora defiende la literatura infantil por ser el arte de ponerse a la altura de un niño, lo que es todo un desafío.

Con una carrera literaria cercana a los cuarenta libros Ana María Güiraldes publicados, tanto en forma individual como en coautoría, la escritora chilena María Güiraldes ha cultivando todos los géneros. Uno de sus géneros más queridos y desarrollados es de cuentos infantiles. Más que escribir para niños y jóvenes, ella dice crear sus historias desde ellos, logrando llamar la atención de toda la familia.

Amante de las novelas policiales de Agatha Christie, confiesa que se introdujo en éste género a puro instinto y que de su trabajo en conjunto con Jacqueline Balcells, surge un tercer y misterioso autor.

Entre sus obras se encuentran “Violinista de los brazos largos”, “La luna tiene hijos negros” y “La Pata Patana y otros cuentos”, entre otros títulos.

– ¿Qué porcentaje hay de inspiración y de transpiración en tus libros?

– Yo no creo en la inspiración. Pienso que lo que vale en el escritor es el oficio. La inspiración vendría a ser la buena idea. No creo en el rayo mágico que te cae del cielo, te transporta, te lleva al papel y escribes la obra de tu vida. Una buena idea en una mano que se acostumbró a buscar y a encontrar, crea surcos y nace flor. Te diría que en mí hay mucha más transpiración que inspiración, es decir yo andaría escribiendo cuentos todo el día, porque la inspiración es permanente, la gente está siempre imaginando.

– ¿Cuándo te diste cuenta que tenías tanta inspiración o imaginación y cuándo empezaste a transpirar?

– Empecé a transpirar cuando había un plazo para entregar un libro. Y mi primera inspiración la tengo muy clara: a los nueve años, mirando por la ventana y viendo que el árbol donde yo me escondía para ser invisible, se le caían las hojas, y el escondite donde yo me sentaba quedaba a la vista. Entonces me dije ya no soy invisible; alguien había ocupado mi lugar. Ahí nació mi primer poema. Fue mi primer nudo en la garganta sin saber por qué llega la melancolía. Fue la primera vez que sentí que necesitaba algo y ese algo era escribir y eso me lo dijo mi mamá, que es poeta.

– ¿Te ofreció la poesía explícitamente o te diste cuenta que estaba ahí?

– Me la ofreció de una manera implícita. Ella estaba escribiendo sentada en la cama y yo andaba vagado por la casa con este nudo en la garganta, entonces le pregunté qué estaba haciendo, mi mamá levantó la vista y me dijo que estaba escribiendo un poema. Y a mi me gustó la palabra poema, que sonaba precioso. Yo conocía la palabra poesía pero no poema, entonces me explicó que era escribir con las palabras de todos los días, lo que todo el mundo piensa pero que uno lo siente por primera vez. Yo no entendí, entonces me dijo si quería escuchar lo que estaba escribiendo y yo acepté. Decía: “la muerte viene como un gato, temor tengo” y le dije que no me había gustado que ese gato negro me saltó en la espalda, y me dijo: dónde digo que es negro ni que saltó en la espalda, entonces ahí entendí; uno siente lo que quiere sentir, que normalmente tiene que ver con lo que siente el escritor.

-¿Cuándo descubriste la lectura?

– La descubrí cuando no sabía leer, a través de la cara de fascinación que tenía mi hermano cuando leía, y yo le pedía que me leyera y él me decía que aprendiera a leer. Yo veía que estaba enfrascado en revistas entretenidas, que le daba lata leerme, así que aprendí a leer para aprender a leer. Por imitar a mi hermano comencé a leer “Blanca Nieves”, “La Cenicienta”, “El Gato con Botas”, toda esa literatura de siempre. Después seguí con lo que caía en mis manos.

– Eres profesora de castellano por profesión y por vocación eres escritora, ¿Cómo se puede unir la docencia y le escritura?

– Es que yo no estudié para ser profesora, estudié para meterme en las letras, para estudiar literatura y saber más de lo que a mi me gustaba. La pedagogía creo que la llevo en la sangre, porque yo les hacía clases a mis hermanos desde que tenían capacidad de obedecer, me encanta.

– En un libro de entrevistas editado por SM llamado “Diecinueve Entrevistas a la Imaginación”, tú dices “escribo para que se concrete algo que está a punto de desvanecerse”, pero por otro lado has escrito ciencia ficción y relatos policiales, que requieren conocer un código y ciertas normas que deben que respetarse  ¿Cómo se pueden juntar estas dos cosas?.

– La ciencia ficción la escribimos en conjunto con don Alberto Balcells, que es el suegro de Jacqueline. Él aportaba la ciencia y nosotras la ficción. Él nos guió en toda la parte científica, que no sabíamos, y nosotras escribimos toda la aventura en torno a en esos viajes. En el cuento policial, en cambio, fue solamente instinto, haber leído mucha novela policial. Y, por otro lado, tener muy claro que en este género no puedes hablar de nada más que del misterio, que no se puede mezclar misterio con amor, que debe haber un punto focal donde el lector quiera saber más.

– Con Jacqueline Balcells han publicado varios libros: “Emilia y la dama negra”, “Emilia, intriga en Quintay”, “Emilia, siete enigmas de verano”, entre otros ¿Cómo es esto de escribir a cuatro manos?.

– Si, a cuatro manos y una voz. He ahí lo importante, se forma un tercer escritor que no es Jacqueline ni soy yo, es una voz distinta. Nosotras tenemos distinto estilo, sin embargo cuando escribimos juntas nos pasa algo muy misterioso, que nos cuesta mucho explicar, no es que Jacqueline escriba por su lado y después continúe yo. Escribimos las dos al mismo tiempo, nos turnamos en el computador, eso si con el organigrama completo de lo que vamos a escribir al frente, aunque a veces hay variaciones. Una lanza la primera frase y si vamos a empezar con descripción o diálogo o si empezamos con paneo, una se largaba y la otra seguía, y como a las dos nos cargan muchas cosas y nos encantan otras, no teníamos problemas en cuanto a estética ni a gusto; nos cargan los adjetivos, nos gustan las cosas cortas, los diálogos definidos. Nunca peleamos en eso.

– El crítico Ignacio Valente ha señalado sobre tu obra: “el talento más propio de Ana María Güiraldes consiste en escribir cuentos de nada, con una anécdota levísima, impalpable, mínima y escribirlos con nada, con un máximo ahorro de medios expresivos, con unos pocos brochazos verbales. Cuentos que a pesar de su nada e incluso a través de ella aspiran a aprisionar un todo de una situación humana”. Un elogio como éste, debes haberlo recibido con gran beneplácito.

– Cuando yo supe que Ignacio Valente me haría una critica, yo no dormí durante toda la semana. Lo leí con un ojo e iba abriendo el otro de a poco, hasta que terminé leyéndolo con los dos y tranquila.

En el mundo de los niños

– También trabajaste como guionista de importantes programas de televisión como: “Arboliris”, “El conejito TV” y “Hugo” ¿Cómo es la experiencia del libro a la pantalla de televisor?

– Totalmente distinta y para mi fue un hallazgo, porque la primera vez que me llamaron para que hiciera libretos, yo no tenía idea lo que era y llevé un cuento. Cuando vi lo que hacían con lo que llevé escrito entendí que en un libreto hay que mostrar más que decir, o sea los espacios donde yo decía lo que pasaba tenían que ser muchos más. Fui poco a poco amoldándome a eso. Es escribir para ver, para mostrar, que es muy distinto en la literatura donde tú escribes para que la persona lea y eso se vea en la mente.

– Habiendo sido parte de los primeros programas infantiles ¿Cómo ves lo que está pasando con la oferta de la televisión nacional para los niños?

– Pienso que está bien, que va cambiando de acuerdo a los Ana María Güiraldes niños. “31 minutos” lo encuentro absolutamente genial. Pasa lo mismo que con la literatura infantil; algo que no es atractivo para los adultos no tiene por qué ser bueno para los niños. Hay que escribir algo bueno, en si mismo, sin edad. Primero que tenga la calidad literaria, la edad se la pone el lector.

– En 1983 publicaste “El nudo movedizo” y en 1985 “Las muñecas respiran”, que son destinados a un público adulto. ¿No seguiste por esa senda?  

– Si, tengo otro que se llama “Cuentos de soledad y asombro”. La literatura infantil me agarró del cuello y me enamoró y no me soltó. Lo que no significa que no escriba, ni publique otra cosa.

– Pero no podemos evadir la pregunta, casi obligada cuando nos referimos a la literatura infantil, respecto de cómo es vista por la crítica. Siempre se le ve como al pariente pobre de la literatura. ¿Cuál es la defensa de Ana María Güiraldes, respecto de estos calificativos?

– Es que es un absurdo que pasa a formar parte de la memoria universal. Las que contaban cuentos eran las mamás para tranquilizar a los niños, y por lo tanto eran cuentos que no tenían un trasfondo literario, sino que buscaban lo didáctico y usaban el cuento como un manual de buen comportamiento, como una forma de enseñar valores. Muchos que escriben lo siguen usando con afanes didácticos cien por ciento. En muchos colegios, aún en estos días, esperan que el cuento les ayude a educar al niño. La literatura infantil, lo único que tiene que educar es la sensibilidad, nada más. Es el recreo, no la sala de clases. Hay muchos libros malos, esa es la verdad.

– Tenemos que recordar que escritores latinoamericanos como Pablo Neruda, César Vallejo o Gabriela Mistral escribieron, yo no se si decir para niños o desde los niños. Es un género sobre el que ha caído un prejuicio que es demasiado injusto.

– Cuando uno escribe literatura que leen los niños, lee mirando el mismo horizonte que miran ellos, no es agachándose uno y no es elevando al niño. Yo se de niños que leen “El libro de las preguntas” de Pablo Neruda y se emocionan, aunque no entiendan exactamente qué está diciendo. Y sin ir más lejos, cuantos niños no leen a Juan Ramón Jiménez a Federico García Lorca, por la musicalidad, por el jueguito de la palabra. Y ellos no pensaron en los niños al momento de escribir, el niño se apropió de los textos de ellos.

– ¿Cuáles deberían ser las lecturas obligadas de los niños, o de un adulto que no tuvo a disposición este tipo de obras?

– Oscar Wilde, él es para mi el máximo exponente de la finura y de la sensibilidad. “El gigante egoísta” es el libro más maravilloso, porque el antihéroe se transforma en héroe, entonces esos cambios del alma que se producen en el lector, donde el malo se transforma en bueno, de una manera tan natural… solamente la vista de un niño debajo de un árbol, que es el niño Jesús, que es casi un cuento navideño.

V. Lavin

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